El rechazo del gobierno a los BRICS fue un error político (y económico)

El gobierno de Javier Milei rechazó en enero de 2024 la incorporación de Argentina a los BRICS, una decisión que el artículo califica como un error político y económico. Se analizan los costos de quedar fuera del bloque, incluyendo pérdida de acceso al Nuevo Banco de Desarrollo, menor coordinación con socios estratégicos y mayor dependencia del FMI.

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El rechazo del gobierno a los BRICS fue un error político (y económico)

El rechazo del gobierno a los BRICS fue un error político (y económico)

En enero de 2024, apenas asumió, el gobierno de Javier Milei rechazó oficialmente la incorporación de Argentina a los BRICS. Esta decisión no fue un mero acto administrativo y debe leerse como una definición central de la estrategia de inserción internacional política y económica del país.

La determinación no surgió de una evaluación estratégica, sino de la voluntad de enviar señales políticas de alineamiento, un proceder que contrasta con el de los países soberanos que definen su política exterior basándose en intereses nacionales y no en gestualidades simbólicas.

Los BRICS no nacieron como un bloque ideológico ni militar, sino como un foro de coordinación de posiciones en espacios multilaterales. Su objetivo inicial fue fortalecer la participación de los países emergentes en la gobernanza internacional, especialmente en ámbitos como el Fondo Monetario Internacional, el Consejo de Seguridad y el G20.

Es por esto que los BRICS son más que un simple bloque comercial; son un espacio donde las economías emergentes inciden en la arquitectura global, definiendo reglas sobre financiamiento, tecnología, infraestructura y representación del Sur Global. Quedar afuera de esta mesa de decisión, en plena transición hacia un nuevo orden internacional, implicó para Argentina resignar un espacio estratégico clave para diversificar alianzas y acceder a fuentes de inversión productiva.

Esta oportunidad pérdida se traduce, en términos prácticos, en una pérdida de opcionalidad. El bloque ampliado (BRICS+) representa cerca del 40% del producto bruto global y concentra una parte decisiva de la población mundial. Para un país que necesita aumentar exportaciones, atraer capital e insertarse en mercados dinámicos, la decisión de no participar no solo es costosa, sino que reduce el menú de herramientas disponibles.

La política internacional no debería pensarse como una elección binaria. Un país que necesita insertarse mejor en el mundo debe ampliar su menú de socios comerciales, fuentes de financiamiento y mercados potenciales. Ingresar a los BRICS no implicaba romper relaciones con Occidente ni subordinar la política exterior a ningún miembro; por el contrario, permitía sumarse a una mesa adicional sin abandonar las preexistentes, ampliando la soberanía de decisión en lugar de limitarla.

Un costo muy concreto de estar fuera de BRICS+ es el financiero. Argentina perdió la posibilidad del ingreso al Nuevo Banco de Desarrollo (NBD), la entidad financiera de los BRICS, que no reemplaza al FMI ni al Banco Mundial, pero constituye una ventanilla de financiamiento adicional y estratégica. Desde su creación en 2015, hasta fines de 2025, el NBD aprobó 139 proyectos por USD 42.900 millones, respaldado por un capital autorizado de USD 100.000 millones y una calificación crediticia AA+/AA de Fitch y S&P, lo que le permite acceder a mercados internacionales a condiciones muy favorables.

A diferencia de los organismos tradicionales, el NBD no condiciona sus préstamos a planes de ajuste fiscal o reformas estructurales. Sus sectores prioritarios -transporte, energía limpia, agua e infraestructura productiva- coinciden precisamente con los motores de crecimiento que el gobierno identifica: oil & gas, minería y agroindustria. Estas áreas requieren inversiones intensivas que el banco está diseñado para financiar, incluyendo el financiamiento en monedas locales, una herramienta vital para evitar el sobreendeudamiento en dólares.

A esto se suma la exclusión del Acuerdo de Reservas de Contingencia (CRA), un mecanismo de liquidez de emergencia ante crisis de balanza de pagos que hubiera representado un resguardo fundamental para un país con el historial de reservas volátiles de Argentina. En definitiva, no ingresar al bloque profundiza la dependencia en un número reducido de acreedores -hoy Argentina le debe cerca del 10% del PBI a un solo acreedor: el FMI- cuando la necesidad nacional es justamente multiplicar y diversificar fuentes de financiamiento.

Más allá del financiamiento, el bloque concentra mercados que demandan estructuralmente lo que Argentina ofrece. Hoy Occidente representa apenas el 12% de la población mundial y alrededor del 20% del crecimiento económico global, mientras que el mayor dinamismo económico se concentra cada vez más en Asia, África y el mundo emergente.

La India, China y Brasil, tienen mercados internos de gran escala, el bloque ampliado reúne grandes consumidores de alimentos, proteínas, litio, gas, petróleo, energías renovables, servicios basados en conocimiento e infraestructura logística. Si bien Argentina no pierde la capacidad de comerciar bilateralmente, resigna la institucionalidad necesaria para coordinar agendas. El costo central es estratégico: menor capacidad de construir posiciones comunes, menor acceso a mecanismos permanentes de cooperación y menor densidad política con socios que son, precisamente, el motor del crecimiento exportador argentino.

En adición, este costo de quedar afuera se vuelve más evidente al observar la dinámica de la economía global. Según las proyecciones del FMI hacia 2030, India, China y Brasil seguirán siendo polos decisivos de demanda. Más allá de sus tasas de crecimiento diferenciadas, todos comparten una demanda estructural de los bienes que Argentina exporta y aspira a desarrollar. India y China seguirán siendo dos polos decisivos de demanda global, mientras que Brasil continuará siendo el principal socio regional.

En esta línea hay un dato reciente que ilustra el rumbo elegido: según el BCRA, el gobierno aceleró la devolución de casi el 90% de los fondos utilizados del swap con China, reduciendo el tramo en yuanes que antes servía para pagar importaciones en momentos de escasez de dólares. La medida devuelve centralidad absoluta al dólar como única herramienta para los pagos al exterior, justo cuando el bloque BRICS impulsa el uso de monedas locales para reducir esa dependencia.

Un costo que puede pasar desapercibido pero que es central es la coordinación estratégica. Los BRICS no funcionan únicamente a través de cumbres presidenciales, sino que poseen una red amplia de mecanismos de cooperación técnica y política en áreas críticas como inteligencia artificial, robótica, cambio climático, infraestructura, ciencia y tecnología. Quedar afuera no implica solo perder una instancia diplomática, sino quedar al margen de una arquitectura operativa que define hoy la competitividad y el desarrollo.

Si bien no estar en los BRICS no impide relacionarse con sus miembros, sí obliga a depender exclusivamente de negociaciones bilaterales caso por caso, resignando un foro que facilita la coordinación de agendas. Para Argentina, este costo es significativo porque al perder este canal de cooperación, se pierde la posibilidad de participar en una plataforma que busca aumentar las capacidades productivas, financieras e institucionales de sus integrantes.

Por último, y no menos importante está el costo reputacional. La inversión de largo plazo no depende solo de los retornos esperados de un proyecto, sino del retorno esperado ajustado por riesgo. Por eso, la previsibilidad del país en el que se invierte juega un rol fundamental en la decisión de inversión. Argentina suele mostrar una fuerte volatilidad en su política económica y orientación internacional: cada cambio de gobierno redefine políticas, prioridades, alianzas y discursos. Esa dinámica encarece la inversión y, por ende, la reduce, ya que vuelve más incierto el horizonte de planificación.

En este punto, la comparación con Brasil es relevante. Brasil puede tener alternancias políticas profundas, con gobiernos ideológicamente muy distintos, pero mantiene ciertos ejes de inserción internacional como política de Estado. La pertenencia a los BRICS no fue puesta en duda ni siquiera bajo administraciones con visiones muy diferentes entre sí. La razón es simple: Brasil entiende que estos espacios amplían comercio, financiamiento, influencia y capacidad de negociación.

Ese tipo de continuidad ayuda a explicar por qué Brasil atrae más inversión y, por ende, crece más en el largo plazo. Para un inversor, esa diferencia importa. Tal es la coherencia e institucionalidad en la materia, que, de hecho, el ingreso argentino no fue una iniciativa aislada, contaba con respaldo regional, especialmente de Brasil, que sostuvo la incorporación argentina tanto durante el gobierno de Bolsonaro como luego con Lula.

El argumento de que había que elegir entre Occidente y Oriente plantea una falsa dicotomía: los propios miembros de los BRICS comercian e invierten entre sí, pero también mantienen vínculos económicos profundos con Europa y Estados Unidos. En el mundo moderno, la estrategia eficiente no es optar por un bloque excluyendo al resto, sino ampliar opciones, diversificar socios y maximizar canales de comercio, financiamiento e inversión.

Por eso, la pregunta central es qué ganó Argentina al no ingresar. Si la respuesta es una señal política de alineamiento, el beneficio económico es cuanto menos difuso. En cambio, los costos potenciales son concretos: menor acceso a financiamiento alternativo, menor coordinación con socios estratégicos, menor participación en discusiones sobre comercio emergente, menor capacidad de articular proyectos de infraestructura y una nueva señal de discontinuidad en la política exterior económica.

En conclusión, Argentina no rechazó solo una sigla: rechazó una plataforma de acceso al mundo emergente, a mercados dinámicos, a canales políticos de alto nivel y a una agenda de futuro vinculada con tecnología, infraestructura, financiamiento y desarrollo.

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